El 20 de septiembre por Puerto Rico pasó María, uno de los huracanes más fuertes que han pasado por el país. El huracán de nombre María tocó tierra como categoría 4 y dejó la Isla destrozada. Durante el fenómeno muchas familias tuvieron que evacuar sus hogares, otros vieron como sus pertenencias se perdían cuando los techos de las casas, puertas y/o ventanas se iban volando con la presión del viento. Durante la actividad se escuchaba el rugir del viento que daba contra las ventanas y el bailoteo de los árboles que uno a uno se iban cayendo. Para mí, una mujer de 27 años, fue una experiencia impactante que jamás olvidaré. Sin embargo, eso fue poco en comparación a lo que vino después.

Cuando María se despidió y abandonó la Tierra que destrozó, los vecinos salíamos poco a poco a las calles a corroborar que estuviéramos bien de salud y luego a inspeccionar daños a la propiedad. Dentro de la urbanización privilegiada en que me encontraba, los daños mayores fueron simplemente la pérdida de algunas verjas, cisternas de techo y el gazebo en madera de un vecino que había simplemente desaparecido. Esto sin mencionar la pérdida de agua y luz, ya que María dejó al país completo sin alguno de estos dos servicios.
Sin poder ver televisión y pegados a un radio de batería escuchamos los horrores que jamás pensé escuchar de mi isla. Solamente funcionaba una emisora de muchas del país y lo que se reportaba era una de dos cosas: daños inimaginables a las estructuras que mueven al país y viviendas de personas por toda la Isla o nada. Este segundo era mucho más tenebrante que el primero. Los sistemas de comunicación fueron erradicados. No sabía de mi madre, de mi padre, de mi pareja, de mi hermana y mucho menos de la familia extendida. No sabía de mi casa, si estuvo o no intacta, ya que opté por refugiarme con mi hermano. Solamente sabíamos que a nuestro paraíso privilegiado realmente, en comparación con lo que había del portón para afuera, no le había pasado nada.
El gobierno decretó toque de queda ya que no había paso en los caminos y los equipos de rescate estaban todavía rescatando gente de sus hogares que habían sido pérdida total. El primer día fue de mucha plática entre vecinos. El estrés, la preocupación y la desesperanza eran palpables. Los niños de la vecindad jugaban en la calle lejos de la radio donde los adultos nos agrupábamos para poder saber algo más. “Desde el pueblo de Levittown se han evacuado por lo menos 800 personas a costa de inundaciones, ha habido por lo menos 8 muertos a costa de ahogo”. Caramba, pensaba yo ahí está uno de mis amigos, mi pareja vive a solo 5 minutos. “El pueblo de Guayama está inundado y destrozado, el río se ha salido de su cauce y todavía rescatistas no han podido entrar, el pueblo de Toa Baja fue uno de los pueblos más afectados, la zona de Loíza irreconocible, el gobierno todavía no ha podido hacer contacto con Ponce”. Poco a poco las noticias empezaban a filtrarse por pueblo y lo que se escuchaba era “mi mamá vive en ese pueblo, no sé nada de ella”, “allí está mi negocio, ¿lo habré perdido?” “mi papá pasó el huracán allí”.  
Recuerdo que el día después del huracán salí del portón de aquella urbanización. Yo me considero como una persona seca y mientras doblaba luego de la salida se me dificultaba creer lo que mis propios ojos veían. Mientras guiaba sola en mi carro por aquellas curvas del campo de Trujillo peleaba contra mis lágrimas. Vi casas sin paredes ni techo, vi los caminos destruidos, todas las líneas de comunicación en el piso, vi gente que habría paso para poder salir de su casa, los árboles todos rotos y destrozados. El único camino que había disponible para correr esos caminos, habían sido abiertos por las manos y hachas de los vecinos. Tuve que desviarme por nuevos caminos donde la pobreza de mi país que muchos negaban estaba ahora a flor de piel y en exposición a los privilegiados. Pasé por barriadas y pasé por viviendas del gobierno donde la tristeza y el espíritu roto de los habitantes se reflejaba en rostros ajenos. Veía como dentro de todo, los mismos residentes limpiaban el camino y dirigían el tráfico ayudando al prójimo y con el corazón en la mano en pie de lucha aún. Mientras las lágrimas me bajaban sentía a la vez orgullo por el espíritu combativo y resiliente de mi pueblo y una preocupación inmensa al no saber de mis familiares.
Luego de un tiempo de viajar con precaución y observando los estragos de María pude llegar a mi casa. ¡Qué alegría sentí al ver a mi madre con salud! Estaba también mi tío y mi abuela. Sentí un poco de despreocupación. A la misma vez tuve la suerte y dicha que en mi casa no pasó nada. Entró agua y se inundó un poco uno de los cuartos, pero en comparación con lo que había visto previamente, estábamos realmente con suerte. Pude platicar con ella sobre lo ocurrido, ella me contó sobre su experiencia y luego nos retiramos cada una a donde nos estábamos refugiando. Volví a casa de mi hermano con el rostro en pánico pero con una victoria de haber encontrado a nuestra madre. En los días siguientes la misma historia se repetía como disco rayado. No fue hasta 4 días que pude salir a buscar a mi pareja a quién, tratando de llegar a mí se le había dañado el vehículo. Luego a mi padre, y poco a poco la información fue fluyendo mediante contacto físico. Las líneas de teléfono a penas funcionaban y no había servicio de internet. Nuestros familiares en los Estados Unidos estaban devastados, preocupados y exigiéndole al gobierno estadounidense que respondiera por su colonia. De todo esto nos enteramos días después.

“Desde el pueblo de Levittown se han evacuado por lo menos 800 personas a costa de inundaciones, ha habido por lo menos 8 muertos a costa de ahogo”

 Imagen: Ricardo Arduengo/AFP/Getty Images

Una semana y media después la cosa ha seguido prácticamente igual. Ya la mayoría de las personas pudieron hacer contacto con familiares moviéndose por carro y recibiendo señales de teléfono esporádicamente. Aún no hay servicio de agua ni luz. El agua ha llegado a algunos sitios pero vuelve y se va el servicio. Los colmados están vacíos de alimentos y llenos de personas. Escucho que el área metro está mejor que otros sectores así que no puedo imaginarme la situación en otros pueblos. Ya se ven militares de los Estados Unidos que están poco a poco tomando el control de los recursos para asegurar el que fluya de una manera ordenada. Hace dos días, que vendría siendo 8 días después del huracán, pude conseguir combustible para mi vehículo. Y recargando baterías de aparatos electrónicos con ayuda de los generadores de electricidad de algunos familiares he podido escribir esta pieza y comunicarme esporádicamente con familiares fuera de la Isla. Se estima que han de pasar meses antes de poder volver la cosa a la normalidad así que estamos en busca de opciones para hacer entre tiempos.

 Imagen: Ricardo Arduengo/AFP/Getty Images

Escribo esta pieza para dar contexto de lo que me ha ocurrido y luego poder elaborar sobre cómo esta situación ha afectado mi salud emocional y mental, así como el de las personas en medio de esta odisea. Dentro de todo me encuentro físicamente bien y me siento extremadamente afortunada de estar con vida y con la capacidad de poder moverme y asistir a otros familiares, amigos y vecinos que necesiten asistencia. También agradezco a todos los familiares, puertorriqueños en la diáspora, así como a aquellos norteamericanos que han sacado la cara por el país para exhortar al gobierno estadounidense a enviar las ayudas necesarias. ¡En pie de lucha!
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