Normalmente los ánimos emocionales se mantienen en balance con las decisiones y razonamientos que hacemos durante el día. No es hasta que ocurra un desencandenante emocional que salen a relucir las emociones. A menos que sean sentimientos de gran fuerza, esto nos permite prepararnos mental y emocionalmente ante las situaciones del día a día, cierto es, sino ocurre nada imprevisto.

Con esto me refiero en lo que es común. Puede haber ocasiones donde frente a un desencandenante emocional, las personas puedan mantener el control emocional, como hay veces que sin mucho estímulo se que activa una ráfaga de emociones inesperada. Sin embargo, durante tiempos de alto y constante estrés, mantener control de los sentimientos se presenta como un reto.

Desencandenante Emocional

Se refiere a un estimulo en el ambiente que activa una emoción en la persona que lo percibe. Un ejemplo pudiera ser el rechazo de una persona, una crítica, incluso un objeto inanimado que traiga recuerdos.

 

Como mencioné en una entrada pasada, el 20 de septiembre hubo un fenómeno atmosférico que arropó la Isla de Puerto Rico, donde resido actualmente. El huracán María tocó tierra como categoría 4 y dejó estragos por todo el país. Hoy, 13 días después del evento, todavía muchos residentes estamos sin luz, sin agua, sin poder trabajar y sin comunicaciones.

Cuando uno se encuentra en las condiciones actuales en que estamos muchos, mantener la calma emocional es clave para la “supervivencia”. Más allá aún, es la clave para la CONvivencia. El país actualmente es una fuente de desencandenantes emocionales en sí. La radio, apenas ayer, notificaba a los escuchas que aún, a ley de 2 semanas de la catástrofe, andamos en estado de emergencia, todavía no hemos entrado a la etapa de recuperación.  Quiérese decir que los días son largos y difíciles, en comparación a lo que acostumbramos, y que, en buen puertorriqueño, esto va ‘pa largo.

Me fijé en la cuestión emocional días antes de que viniera el huracán. Las caras de estrés y preocupación eran abundantes. Luego el miedo se dejó sentir, mientras azotaba María y luego mientras salían los vecinos por primera vez de sus casas. Poco después el horror se asomó en nuestras vidas al escuchar la radio y ver propiamente lo ocurrido en las calles. Le siguió el aburrimiento, la molestia, la frustración, la intolerancia, la impaciencia y muchas otras emociones prima-hermanas. No ayudaba cuando la imaginación pensaba en el: “y que tal si…?”. Les puedo asegurar que el final de cada pregunta que comenzaba así terminaba en tragedia.

A pesar de los esfuerzos por mantener el pecho en alto, la mente optimista y una actitud de “aquí no pasó nada”, discusiones por las cosas más extrañas comenzaron a darse. Porque una hermana interrumpió a otra hubo roce, porque un vecino no quería gente en su casa, se dejaron de hablar, porque eran muchos en la casa y no había aire acondicionado se formó una discusión. De momento todo cobró valor, hasta lo insignificante. 

A los 3 días ya sentía aislamiento. Me encontraba en una urbe donde casi no conocía a nadie, donde había una diferencia a escala social, siendo yo la del extremo bajo. Lejos de mi madre, padre y el amor de mi vida, le decía a mi sobrino que fuera a jugar afuera para que no me viera los ojos a punto de lágrima. Al quinto día mi madre llegó a casa de mi hermano quebrantada en llanto porque el quemazón de cuidador de mi abuela la había alcanzado. No es lo mismo cuidar a una viejita de 96 años con comodidades que cuidarla a lo oscuro y sin agua potable.

Mucho más ha pasado desde entonces. Si logras salir a la calle verás la rabia en la cara de los conductores. Ayer tuvimos el privilegio de poder visitar un centro comercial que abrió sus puertas desde que ocurrió el huracán y saliendo del mismo por poco accidentaban mi vehículo al menos tres veces. El tráfico inmovible no desistía a los conductores a formar una cacofonía de bocinas en desesperación como si mágicamente se abriera el paso al hacerlo.

 

 

Quemazón de Cuidador

También conocido como Caregiver Burnout, en inglés, se refiere al cansancio que siente una persona que cuida a otra por tiempos prolongados. Mientras más atención requiera el paciente, más probabilidad de quemazón budiera sentir el que ofrece el servicio. Particularmente, este quemazón puede deteriorar la salud mental y física del que brinda el servicio de cuidado.

Estas cosas que parecen triviales son, más allá de interesante como fenómeno, algo que hay que hablar. En un país donde la salud mental no es importante, la falta de comprensión de lo que ocurre puede llevar a malos ratos, una laceración de relación familiar o de amistad, a roces e incluso ocasionar un accidente. Es importante recalcar que estas emociones están a flor de piel por la situación que ocurre actualmente en el país, además de estar exacerbadas por 1000%. Toma paciencia y mucho entendimiento reconocer que mi pareja se molestó conmigo injustamente por una tontería, como aquella de no haber entrado la mochila a la casa, porque el estrés de lo que está ocurriendo y las preocupaciones que tiene sobre su futuro inmediato están utilizando sus recursos de juicio.

En tiempos así la paciencia es la clave. Es el recurso que menos se encuentra y el que más hace falta. No es el momento de tomar decisiones a base de emociones porque las emociones están en estado traicionero. Actualmente lo que me tiene “sana” es saber que esto es temporero y que pudiera ser peor. Sé que mis seres queridos están a salvo, que están conmigo y que con mi pareja podemos contra el mundo. Es quizás ingenuo hacer un llamado a este tipo de pensar, pero entiendo que es mi responsabilidad tratar de aportar un poco a lo que es entender el aspecto emocional de lo que estamos viviendo, ya que es un tema del que no se habla. Vendrán momentos de prueba donde la relación entre dos personas colgará de un hilo por alguna situación, que en otro momento se hubiera resuelto de manera más sencilla.

Mi opinión, aunque es eso mismo, opinión, es poner todo en perspectiva, dar dos pasos hacia atrás, respirar, descansar y una vez tenga la mente limpia, responder. En estas situaciones de emergencia que tanto se nos quita, muchas veces ese estado mental es lo que nos queda y nos permite poder levantarnos día a día a buscar lo próximo a hacer. Hasta aquí extiendo mi pieza reflexiva, admito que desde el huracán he estado al borde de un episodio depresivo, me he descompensado por lo menos 2 veces y me sospecho que todavía me falta. Menciono esto a modo de desahogo y compartir mi sentir. Si lo pienso mucho, lloro. Pero, ante todo, vuelvo y repito es cuestión de perspectiva y circunstancia. Lo importante es estar a salvo y con salud. Lo demás, lo resolvemos.

 

 

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